Falleció Rorrito

Ayer falleció el payaso de Mexicali, Rorrito. Para los que no son de la ciudad, él era un referente obligado, nuestro Krusty local, alguien tan famoso que cualquiera en la ciudad lo conoce. Yo lo veía en el canal local de televisión, cuando sólo había dos canales en español en la ciudad. Los demás eran en inglés, y pasaban caricaturas los sábados por la mañana. Pero entre semana, todos los días Rorrito presentaba una hora diaria de caricaturas. Entre episodio y episodio él aparecía haciendo chistes, leyendo cartas de los niños que le escribían y haciendo concursos. Fue tan longevo que incluso mi mamá también lo veía. Con él se ha ido una parte de Mexicali.

Para recordarlo, republicaré un texto que publiqué en el 2006, ya hace diez años, donde hablo de la única ocasión donde lo conocí en persona. Es un texto viejito y poco logrado, pero creo que relata bien lo que sucedió hace ya como veintitantos años.

Iba mi padre a toda velocidad por las estrechas calles de Mexicali con sus dos hijos a bordo. Nosotros brincoteábamos de un lado a otro en nuestros asientos, pero no de felicidad. ¡Se nos hacía tardísimo! Nuestras cabezas se golpearon contra el techo al pasar por unos topes sin frenar ni tantito. ¿Creen que nos importó? Para nada, era un pequeño precio a pagar. Seguimos brincoteando desesperados, porque ya queríamos salir en la tele.

En efecto, apareceríamos en el programa infantil más popular: El programa de Rorrito, el payaso de Mexicali. Íbamos a ser la envidia de toda la escuela (kinder incluido) y todo porque enviamos un dibujo navideño al canal tres. ¡Habíamos ganado el concurso Navidad de Colores!

Veíamos las casas, y a los otros carros pasar zumbando al quedar atrás, y en cada curva teníamos que aferrarnos con las uñas a lo que pudiéramos. Hasta que en una de esas vueltas bombéricas escuchamos un gran CRACK, que resultó ser la llanta de una bicicleta que se estrelló de frente contra nosotros, con todo y ciclista.

Después del frenón, mi padre golpeó con fuerza el volante, profiriendo una maldición, mientras el ciclista batallaba para levantarse. Mi padre bajó del carro, y dispuesto a dialogar con el pobre hombre que batallaba para incorporarse. No escuché su conversación, porque estaba dentro del carro con los vidrios cerrados, y sin dejar de brincotear. Pero supongo que fue algo como Disculpe la molestia, pero es que mis hijos van al programa de Rorrito y vamos tarde, En serio van al programa de Rorrito, me lo hubiera dicho antes, Así es, ganaron el concurso de Navidad de Colores, imagínese usted, Impresionante, debe tener unos hijos muy talentosos, Por supuesto, así que le ruego perdone lo de su bicicleta, ya veo que la llanta frontal quedó completamente destrozada, En efecto, pero no importa, sus hijos llevan prisa y van camino a una oportunidad única en la vida. Luego mi papá le dio un billete al señor.

Llegamos tardísimo al canal, y cuando el guardia de seguridad nos estaba interrogando, vimos pasar a un payaso manejando un automóvil completamente ochentero. ¡Era Rorrito! Nos saludó con su guante blanco y su sonrisa pintada y nosotros devolvimos el saludo entusiastas.

Tras una breve averiguación, nos pasaron a una sala de espera, justo fuera del estudio. Ya había algunos niños ahí. Nos entretuvimos observando la colección de cintas magnéticas del canal tres, a través de una ventana. Ven eso, preguntó un niño y nos respondió sin darnos tiempo de hablar, son puros comerciales.

Tuvimos que esperar una media hora. Lo bueno fue que pudimos ver caricaturas en la tele. Lamentablemente no la escuchamos, por estar detrás de la misma ventana por la cual vimos las cintas magnéticas. Y peor aún, el mismo niño sabelotodo que nos dijo que eran comerciales, se sabía el capítulo de memoria y nos complació con su interpretación de todos los personajes del conde Pátula.

¡Finalmente nos pasaron al estudio de grabación! Me sorprendió ver que apenas cabíamos, y que el famoso escenario era diminuto. Nos regresaron nuestros dibujos (los culpables de que estuviéramos ahí) y nos alinearon frente a la cámara.

En eso entra Rorrito, y nos saluda.

Cómo te llamas, me preguntó.

Miguel Ángel, contesté yo, a lo que él preguntó Y en serio eres un ángel.

Lo bueno es que sí era un payaso, por lo tanto tiene licencia de hacer chistes malos. Yo le respondí que sí.

De pronto, escucho que uno de los camarógrafos comienza a decir una cuenta regresiva, al final de la cual se encienden varios focos rojos, y Rorrito comienza su show:

Hola niños cara de carne, con la nariz enmedio de la cara...

Dejé de escucharlo, y me puse a ver las luces del estudio, la cámara que tiene un prompter (aunque en ese tiempo no sabía cómo se llamaba), el termo de Batman regresa, los camarógrafos... Todo me tenía emocionado. Volteaba para todo lugar posible, y en vivo.

Terminó el segmento, y los focos rojos se apagaron. Lo primero que hizo Rorrito fue voltear hacia mí y decirme No eres un ángel. Tímidamente, me llevé el osito Bimbo de peluche que me había ganado, y que tánto gustó a mi padre cuando lo vió, afuera del estudio.

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