Nortel

El día de ayer se suicidó otro empleado de la empresa. Eso es algo más bien común, pero ahora el suicidio ocurrió dentro de las oficinas divisionales. Juan Carlos del departamento de un lado saltó desde el quinto piso, justo desde la ventana de su oficina. En cuatro punto cinco segundos se estampó en los jardines de abajo, destrozándose una pierna al golpear una de las estatuas. El resto del cuerpo parecía una sandía que cayó desde la misma altura. Nunca lo conocí. Parecía un tipo serio y bastante callado.

 Mientras sucedía lo anterior, visitantes externos disfrutaban de un tour por las instalaciones. Les explicaban las bondades de nuestra infraestructura de telecomunicaciones. Explicaban que gracias a nuestra tecnología de punta somos la empresa líder de América Latina en cuanto a telefonía e Internet se refiere. Estos paseos iniciaron hace cuatro meses para limpiar el nombre de la empresa y demostrar a la opinión pública que los veintitrés suicidios anteriores son una serie de lamentables coincidencias. Cuando al guía le llegó la noticia de nuestro último muertito, llevó a los visitantes por una ruta alterna. Los sacó por una de las puertas traseras para que no presenciaran el lamentable y asqueroso espectáculo. De todas formas ellos se enterarían pronto por las noticias.

 Durante los dos últimos años los suicidios han sido variopintos: Ahorcados, venas cortadas, choques automovilísticos, balazos en la cabeza, sobredosis de tranquilizantes, asfixiados por gases de automóvil y varios más. Son tantos los suicidas que los métodos ya se han repetido más de una vez. El más espectacular se apuñaló en el estómago en plena junta con los directivos.

 Mi esposa comienza a preocuparse. He notado que pone los medicamentos bajo llave. Cambia los cuchillos de lugar. A veces veo sus ojos temerosos. Es verdad que me encuentro muy estresado. Cualquier día de estos podrían mandarme a otra ciudad, o cambiarme de puesto. También han recortado personal y el panorama no luce brillante en esta economía. Aún así, lo último que pensaría es en el suicidio. Intento tranquilizarla, pero para la opinión pública el suicidio es una enfermedad contagiosa que ya es epidemia dentro de nuestro edificio.

 —¿Qué diablos sucede en Nortel, Dieguito? —me dijo casualmente en la cama una noche. Realmente quería una respuesta.

 —¿A qué te refieres? —me hice el tonto.

 —¿Qué más va a ser? Los suicidios.

 —Ah... La verdad no lo sé. Creo que no pasa nada diferente a lo que podrías esperar de una empresa así de grande. Mucha explotación, gente infeliz. Muchas decisiones estresantes, muchos cambios... Pero no sé, no es para tanto. Los que se suicidan son normalmente gente que está más arriba en la cadena alimenticia. Para nosotros es un empleo normal.

 —¿Seguro?

 Pensé durante un par de segundos.

 —Creo que sí —mentí.

 —Pues tú sabrás. Cualquier cosa me dices. Buenas noches.

 Se volteó y se durmió, jalando más de la mitad de las cobijas.

* * *

 Hoy, el gerente de la división de telecomunicaciones del corporativo Solim concedió una entrevista en un noticiero matutino. Inició una gira mediática para explicar los problemas internos de los empleados y cómo resolverlos. Lo transmitieron en todas las pantallas del edificio y nos "invitaron cordialmente" que lo viéramos. Esas eran las palabras clave que indicaban algo obligatorio.

 El gerente, el ingeniero David Lombardo apareció impecablemente vestido frente a las cámaras. Su maquillaje le quitó las tétricas ojeras de enterrador que lo caracterizaban.

 —Buenos días, Javier —sonrió al conductor del noticiero, con un mapamundi azul de fondo.

 —El país está conmocionado por lo que sucede en Nortel de México. Veinticuatro suicidios tan solo en los dos últimos años. Dos dentro del edificio matriz de la empresa —el conductor del programa dejó caer la hoja en su escritorio y se quitó los lentes—. ¿Qué sucede en Nortel, ingeniero Lombardo?

 —Mira, Javier. Los empleados de Nortel son nuestra prioridad. En estos momentos se realiza una investigación a fondo para dar con la raíz del problema. Sin embargo, quisiera decirle a nuestros trabajadores y a sus familias que a partir de este momento estamos implementando un programa de manejo de estrés y un cambio radical en nuestras políticas laborales. De esta forma, podremos garantizar que los empleados estén relajados y tranquilos con su lugar de trabajo.

 Escuché un bufido de incredulidad y cinismo de Alondra, que estaba de pie a un lado de mi.

 —Eso suena muy bien —continuó el reportero—, pero la pregunta es: ¿Por qué esperar dos años para implementarlo? Además, estudios independientes advertían que las últimas decisiones tomadas por la empresa afectarían gravemente a los empleados y el clima laboral. Recordemos el reporte de la Procuraduría Federal de la Defensa del Trabajo, que afirmaba que el plan era reducir el número de empleados. Según ellos, era la única explicación para crear un ambiente tan hostil y decisiones tan radicales para los trabajadores.

 Observé que más de uno de mis compañeros temblaba visiblemente y observaba la pantalla con ojos húmedos. Otros con ira, apretando los puños.

 —Eso es ridículo —respondió David alterándose un poco.

 —Un momento… —dijo el reportero, intentando continuar.

 —¡Es ridículo! —interrumpió el ingeniero.

 —Sólo quiero leer algunas cifras que se me han proporcionado. En los dos últimos años, junto con los suicidios, han aumentado las reubicaciones arbitrarias de empleados, las horas extra, las reuniones, las amenazas de cierre de sucursales… ¿Y que me dice del memorándum que se filtró hace unos meses? En él, usted afirmó que "eliminaría cinco mil empleados de la empresa, de una forma u otra". ¿No está Nortel empleando técnicas de terror para intimidar a sus empleados?

 El ingeniero bufó.

 —Como dije, nuestros trabajadores son prioridad. Lo que sucede es que en este país hay una cultura de la imitación. Cuando una cosa sucede en un sitio otros corren a imitarla. Desgraciadamente la gente se dedica a imitar lo peor de una sociedad. Si tu la pasaras mal en tu trabajo, Javier, ¿te suicidarías? Te garantizo que no. Espero que no suene demasiado frío lo que estoy a punto de decir, pero podría llamarlo incluso una moda dentro de nuestra empresa, si se me permite la expresión. Esto no durará. Quizá nuestro error sea no seleccionar bien a nuestros empleados. Debemos tener más rigurosos métodos de contratación y filtrado. En eso puedo coincidir con los críticos. Te aseguro que mientras hablamos ya se está trabajando en ello.

 El conductor quería interrumpir el discurso, pero el ingeniero se anticipó a lo que diría y no lo permitió.

 —Yo meto las manos al fuego por cualquiera de nuestros trabajadores, no me malinterpretes. Pero es difícil pensar que las personas que han cometido este acto de cobardía no pensaran en ello desde antes de trabajar para nosotros. Si revisas su historial, ya tienen antecedentes —el ingeniero volteó a la cámara con mirada sumamente grave—. Hacemos lo posible por que todos tengan un buen ambiente laboral, aún así redoblamos nuestros esfuerzos. Somos una empresa socialmente responsable. Quiero recordar a nuestros accionistas que cada trimestre ha sido más rentable que el anterior desde hace diez años y a nuestros clientes que nuestro servicio de telefonía e Internet es el mejor del país. Sabemos lo que hacemos. ¿Ya escuchaste de los últimos beneficios para nuestros clientes? Ahora podrán acceder gratis a Facebook, tengan saldo en su teléfono o no. ¿Quién puede estar en contra de eso?

 —Muy bien. Ingeniero David Lombardo, gerente general de Nortel de México, gracias por esta entrevista. Por desgracia el tiempo se nos ha agotado. Mientras tanto seguimos a la espera de los prometidos cambios. A continuación Mario Enríquez con los deportes.

* * *

 Para mí, un día normal de trabajo consistía en contestar cientos de llamadas desesperadas pidiendo ayuda sobre algún problema sobre tecnología. Unas personas tenían problemas con sus computadoras, otras con sus celulares y otras estaban tan aburridas en sus casas que marcaban sólo para tener alguien con quién platicar. Si me monitorearan constantemente conversaría con ellos. Mi estado normal en el trabajo es el de aburrimiento extremo. Ruego por que suceda algo medianamente interesante.

 Varios días después de la entrevista telefónica se cumplieron mis deseos. Escuché conmoción. Nos avisaron que la policía entró al edificio de la empresa. Al principio pensamos que se trataba de investigaciones sobre los suicidios, así que no interrumpimos labores. Lo que nos importaba era no ser despedidos.

 Pero nunca esperamos ver al ingeniero Lombardo pasar zumbando en caída libre por la ventana de nuestra oficina. Así sin más: Cayó gritando, como una plomada desde su oficina ubicada en el último piso. Como era de suponerse también se embarró al llegar al suelo, la gravedad no hace distinciones de clase. En esta ocasión arriba de un automóvil que se encontraba en el estacionamiento.

 Todos los empleados del ala este del edificio se levantaron como activados por un resorte. Nos lanzamos a las ventanas para observar el espectáculo que se desarrollaba debajo.

 —¿Que pasó? —me preguntó Alondra, como si yo tuviera la respuesta. Los dos observábamos el suelo distante donde aterrizó el gerente de la empresa. Las personas parecían hormigas buscando su hormiguero destrozado.

 —Por favor, continúen trabajando —dijo la jefa de departamento—. Tenemos algunos problemas pero no podemos detener el servicio. No es nada grave Debemos mantener nuestro récord de telecomunicaciones sin interrupción. Regresen a sus computadoras. Todo se les informará en el boletín de comunicación interna.

 Aunque intentaba tranquilizarnos, noté que estaba tan consternada como nosotros. Discretamente se asomaba de vez en cuando por la ventana para ver qué sucedía. Su ignorancia era exactamente igual a la nuestra. Alguien susurró:
 —¿Quién diría que nuestro gerente seguía las modas?

 El humor de ese comentario fue tan negro que se me arrugó el rostro. Alberto, otro de mis compañeros se me acercó consternado y me susurró en voz baja:

 —¿Crees que por esto nos despidan? ¿Crees que hagan otro recorte?

 —¿Yo qué sé? Estoy igual que tú.

 La tensión se percibía en todas partes, por los cables de red, en las llamadas por teléfono, en las microondas de nuestras antenas. El último grito de la moda de Nortel cimbró al país.

* * *

 Cuando llegué a casa me enteré del resto: La visita policiaca era para arrestar al ingeniero David Lombardo por poner en peligro la vida de los empleados de Nortel. Además, iniciaron una investigación por fraude y desvío de fondos. Según los reportes oficiales, el ingeniero forcejeó e incluso sacó un arma de fuego. Al verse rebasado en número se lanzó por una de las ventanas abiertas del décimo piso.

 Lo único diferente a los otros suicidios fue que a los empleados se nos descontó una parte del sueldo para cubrir los gastos funerarios.

 Las renuncias masivas se dejaron venir por todas partes. Cada día que llegaba encontraba una persona menos o un compañero nuevo. El promedio de edad de la empresa cayó drásticamente. Los huecos se llenaron con jóvenes novatos, con muchas ganas de trabajar pero con poca experiencia. Ascendieron a mi jefa y me ofrecieron su vacante.
 —Diego, desde hace diez años trabajas para esta empresa —me dijo Roberto, el jefe de la división de servicio al cliente—. Has crecido con nosotros, te consideramos parte vital del desarrollo de Nortel. Ahora serás el jefe de Atención Remota a Clientes. ¿Qué te parece?

 Me quedé viéndolo en silencio. Era increíble que la tortilla se hubiera volteado. Ahora sabía que él me necesitaba. Incluso él temía por su trabajo. Todo mundo abandonaba al Titanic y él me pedía que me quedara a tocar el violín.

 —¿Ya encontraron empleados que no sean suicidas? —le dije. Se quitó la fachada.

 —Mira, Diego, tú y yo sabemos las cosas están de la chingada en estos momentos. Todo mundo corre como gallina sin cabeza. Te recomiendo que aceptes este trabajo, por favor. Yo sé lo que te digo. Ya que se calmen las aguas verás que fue la mejor decisión. Ni yo la tengo fácil. Debemos aguantar. Siempre te tendré en mente para cualquier otra oportunidad que se presente. Confía en mi. Esta empresa es enorme, no desaparecerá de la noche a la mañana. Nadie la puede comprar y todo mundo la necesita. No te preocupes, no se irá a ninguna parte. ¿Qué me dices?

 Sus manos temblaban. Su transpiración era evidente. Casi me suplicaba. Creo que su rostro decía: "Ninguno de estos jovencitos tiene la menor idea de lo que está haciendo. Tú eres uno de los pocos que tiene experiencia, no ha renunciado ni se ha suicidado. Te necesito".

 —Muchas gracias por considerarme —respondí—. ¿Cuando empiezo?

 Roberto sonrió y exhaló aliviado.

 —¡Ahora mismo! Déjame llevarte a tu nueva oficina.

 ¿Por qué siempre me gusta quedarme a ver el desenlace de las tragedias?

* * *

 Angélica me convenció de no ir al trabajo hoy. Me dijo, con mucha razón, que con las nuevas políticas antiestrés en la oficina llegó mucho más tenso a la casa. Me recomendó que me reportara enfermo, lo cual no funcionaría sin evidencia, así que mejor usé una de mis faltas por motivos personales. Nunca las necesité, pero veo que cada vez más seguido mis compañeros recurren a ellas.

 El rendimiento de la empresa se vino abajo. El servicio de telefonía constantemente experimentaba averías, por lo que las llamadas pidiendo ayuda aumentaron considerablemente. Los nuevos empleados eran unos estúpidos y no resolvían los problemas eficientemente. Las líneas estaban siempre ocupadas. Nadie quería trabajar para nosotros, por lo que no había mucho de dónde escoger. Todo esto se reflejó en las ganancias del trimestre.

 Aún así, decidí tomarme las cosas con calma. Decidí que no me importaría tanto. El cinismo era la política más adecuada ante estas situaciones. Por ello pude disfrutar de un delicioso desayuno junto a mi esposa. Dejamos al niño en la escuela e hicimos el amor. Todo el día jugué con el niño cuando regresó. En la noche, en la cama mientras veíamos televisión, recibí una llamada telefónica. Era el jefe de recursos humanos. Roberto se suicidó ese mismo día.
 —¿Cómo fue? —pregunté yo.

 —Un balazo en la boca.

 —Lo siento mucho.

 —Si, lamentable. Pero nos quedamos sin jefe de división. Él siempre habló muy bien de ti. ¿Estás interesado en el puesto?

 —Por supuesto.

 —Perfecto. No sé por qué faltaste hoy, ni me interesa. Mañana te cambiamos de oficina.

 Colgamos y cada uno volvió a su rutina. Una sonrisa se dibujó en mi rostro. Mi mujer la notó.

 —¿Qué pasa, mi amor?

 —Nada —dije mientras sostenía el control remoto para cambiar al canal—. Es solo que me agradan las personas que siempre cumplen su palabra.

Seccion: 

Fatal error: Class CToolsCssCache contains 1 abstract method and must therefore be declared abstract or implement the remaining methods (DrupalCacheInterface::__construct) in /home3/hgomezc/public_html/www.badbit.org/sites/all/modules/ctools/includes/css-cache.inc on line 52