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De camino al trabajo en Ensenada (2012-2014)

Trabajo en dos lugares. Todavía trabajo en el lugar donde empecé cuando recién llegué a Ensenada, pero ya casi no voy. Sin embargo, mi ruta para llegar durante mis dos primeros años acá transcurría más o menos así.

Me integro a la calle primera, a la altura de la Av. Iturbide. Esto es antes de todo lo turístico, cerca de las oficinas del PRI. Avanzo hacia el norte y pasaba por el restaurante BajaFrut, al cual hasta hace apenas muy poco fui a comer. Conduzco otras dos cuadras más. Paso un Oxxo junto a unas bancas bancas puestas por el grupo Rotario. Mucha gente va a sentarse ahí y los pichones se alimentan de lo que deja la gente. Paso por las tristes oficinas de Telégrafos de México, por las patrullas de la policía federal y por las temidas oficinas del Sistema de Adminstración Tributaria.

Un poquitín más adelante, antes del puente del arroyo, hay un restaurante cuyo logo y nombre siempre me ha parecido bien simpático: Mr. and Ms. Waffle. Una vez fui a comer ahí y estaba bueno, pero era demasiada comida. Fueron los primeros waffles que probé en la vida. Siempre que paso por ahí me acuerdo de eso.

Adelantito, cruzo el puente del arroyo. O debería decir ex-arroyo, porque desde que estoy aquí con trabajo ha tenido algo de agua. Llego a una esquina donde hay una especie de tienda de artesanías y muebles rústicos de nombre Fausto Polanco, a un lado del hotel Misión Santa Isabel y contraesquina del hotel Villa Marina. Hasta hace poco había un gigantesco anuncio de Nextel pegado a la pared de este hotel. Es el edificio más alto y llamativo de Ensenada.

Ahí, en ese cruce, doy vuelta a la izquierda y conduzco una cuadra hasta el semáforo. Cuando me detengo, a mi derecha hay siempre un puestecito de mariscos y se me antoja comer pero luego veo su higiene y se me pasa. Me integro al boulevard Costero dando vuelta a la derecha. Ahí meto velocidad hacia el norte. Dejo atrás restaurantes, bares, hoteles, expendios y carretas de mariscos. A mi izquierda veo la Ventana al Mar y la gran asta con la bandera de México, luego la plaza de las tres cabezas y la Plaza Marina. A la derecha veo siempre el McDonnald’s. Más adelante, la cara de chango que está arriba de la entrada del Anthony’s. Este trayecto casi siempre lo paso sin pensar, es muy aburrido.

Luego llega una curva para salir de Ensenada. Hay una gasolinera antes de salir en donde roban muy poco. Es decir, cuando echas gasolina, la aguja de tu tanque si sube. En otras, se nota que no te dan los litros completos. A veces, en las mañanas, echo gasolina ahí, pero es raro porque siempre voy todo apurado.

Tomo la salida de Ensenada. Avanzo por la transpeninsular. Los edificios quedan atrás y a mi izquierda está el espléndido mar. A la derecha, un cerro con vegetación regional. Paso por la curva del mosquito, un mirador al cual nunca he llegado.

Después de esta curva, la carretera se allana y los edificios vuelven. Más adelante hay una boutique de L. A. Cetto y un semáforo al que siempre intento ganarle. Adelantito está el motel Sena, una Soriana relativamente nueva y luego un puente. Un letrero me advierte que todavía estoy a tiempo de regresar a Ensenada, si sigo derecho puedo llegar a Tecate o Tijuana.

Sigo derecho por el puente que luego se curvea y sigue delineando el mar. Más adelante, a mi mano izquierda, está la UABC y a mi mano derecha el CICESE. Paso por un puente peatonal donde siempre veo llegar a los estudiantes de ciencias e ingenierías. Sigo por la transpeninsular todavía más.

En ese momento veo algo parecido a lo de la foto que publiqué. Es una sección bellísima poco después del hotel Las Rosas. Puede uno bajarse bajar por las piedras para ver las olas romperse contra ellas. Así tomé esa foto, con mi cámara análoga.

Más adelante está el nuevo puente peatonal que ayuda a los estudiantes del CET-Mar a cruzar la carretera. Increíblemente, cuando llegué a Ensenada ya lo estaban construyendo y un año después todavía no estaba terminado. Recuerdo que la primera vez que hice el recorrido que les estoy contando, me quedé atorado en un embotellamiento causado por la construcción de ese puente.

Pasando eso, ya casi voy llegando. Avanzo y paso la distribuidora de PEMEX. A la izquierda puede verse un edificio de condominios bastante alto y de color blanco. Me orillo en la gasolinera y doy vuelta a la derecha, entrando por la calle principal del fraccionamiento Colinas del Mar.

Avanzo por esa calle y paso el fraccionamiento y el nuevo Oxxo. Que, por cierto, también se tardaron más de un año en construir. Avanzo hasta que se acaba el pavimento. Entro a la terracería. Sigo y doy vuelta a la izquierda porque no me queda otra opción. Estoy en el cañón Cuatro Milpas. La señal del celular se acaba. En la siguiente curva normalmente hay un perro dormido a mitad del camino, pero es muy educado y se levanta cuando va a pasar un carro.

Sigo adelante y me adentro a la zona rural. Por mi trabajo conozco a muchos de los vecinos. Además, es una comunidad pequeña donde casi todo mundo se conoce. Paso por unos caballos. El primer día que entramos a Cuatro Milpas, vimos una niña jugando con ese caballo. Lo tomé como una señal de buen augurio.

Más adelante hay una casa enorme. Luego un cerco donde a veces hay chivas. El camino es sinuoso y empedrado, con subidas y bajadas, diferentes casas. A los lados solo hay cerros, y arriba de los cerros otras casas. Algunas de ellas modestísimas, y sostenidas precariamente con tablas y cartón.

Más adelante, a veces hay unas llamas. Me refiero a los animales sudamericanos. Un vecino tiene unas y las saca a pastar y a veces estorban en el camino.

Hablando de “llamas”. En el último incendio forestal la mayor parte de las casas se vieron amenazadas. Algunas de ellas casi se queman. Solo faltaron algunos centímetros. Hasta la fecha no sé cómo se salvaron.

Avanzo y paso por una primaria llamada Tipai. El camino sigue curvo y hay unos topes. A veces veo un perro San Bernardo por ahí. Avanzo un poco más y he llegado a mi destino.

Me cansé tan solo de recordarlo. Imaginen este camino con prisa.

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Love Beach (1978)

Voy a defender un álbum que tiene una portada tan horrorosa como su reputación. Emerson, Lake and Palmer fue la primera super-banda del progresivo. Cuando se formaron en 1970, sus tres miembros provenían de bandas establecidas y reconocidas dentro del género. Su álbum debut inició una fructífera carrera musical que todavía se admira. Su álbum Love Beach, de 1978, es considerado como un pedazo de basura insertado en una discografía competente.

¿Saben qué? Yo no opino así. No creo, por supuesto, que sea el mejor, pero tiene mucho qué rescatarse. Debemos entenderlo en contexto: Para finales de los setenta, la industria musical se comercializó muchísimo. La tendencia apuntaba hacia la música disco. Vendía muchísimo, por ejemplo los Bee Gees. Eso explica la portada de Love Beach, pero no la justifica. Por otra parte, la pomposidad del progresivo, con sus canciones de media hora y arreglos complicados, ya se veía dinosáurica a la luz de nuevas tendencias como el punk o el metal. Muchas bandas progresivas intentaron sobrevivir simplificando su música y de cierta manera "traicionando" a sus fans. Pocas corrieron con buena suerte (como Génesis): la mayor parte se quedó en el camino.

Emerson, Lake and Palmer debían producir un álbum más para terminar su contrato de cinco discos, y al parecer en 1978 ya no se llevaban muy bien entre ellos. El resultado es desangelado, pero interesante. El disco consta de varias canciones aparentemente comerciales, escritas principalmente por Greg Lake. No son precisamente rockeras, pero tampoco caen descaradamente en el género disco. Díganme loco, pero si yo escucho esas canciones en el fondo mientras limpio mi casa, no me molestan. No son tan imaginativas, ni se comparan a lo que el trío hizo antes, ¡pero por favor! Hay discos horripilantes allá afuera. Recuerden siempre eso.

Por otra parte, está la suite "Memoirs of an officer and a gentleman" que es una pieza supuestamente de veinte minutos. En realidad son cuatro canciones agrupadas bajo una misma temática. Una de ellas incluso cita el estudio no. 1 de Chopin. Eso le encantaba hacer a Keith Emerson: robar piezas clásicas e insertarlas en una canción de rock, y aquí vuelve a hacerlo en una balada romántica.

La mejor canción del disco también es una adaptación de música clásica y se llama Canario. Está basada en un concierto para guitarra y orquesta de Joaquín Rodrigo. No puedo dejar de escucharla: Es ELP en uno de sus mejores momentos. Tienen una energía y vitalidad impresionante. En esta pieza Emerson brilla en los teclados. Lo único que duele es que dure tan solo cuatro minutos. ¿Cuántos discos pueden decir que tienen una canción excepcional? Muy pocos.

Si le perdonamos la vomitiva portada y la falta de imaginación de algunas canciones, Love Beach es un disco bastante decente. Recordemos que casi todos los álbums de ELP tienen canciones de relleno como Tarkus o Trilogy. Hay discos peores en la discografía del trío como (en mi opinión) Works, vol. 2 (1977) o Black moon (1991).

Sólo quería desahogarme al respecto. ¿A quién le importa la reseña de un disco "no tan malo" de 1978? En fin, nos vemos, seguiré en lo mío.

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Hemingwrite: Una máquina de escribir que (me) hacía falta

Hace como cuatro años comentaba en mi blog que estaba insatisfecho con las netbooks y laptops. Las cosas han cambiado bastante desde entonces, pero mis molestias son las mismas. Argumentaba entonces que la duración de la batería era muy poca, que las distracciones eran muchas, que la vista se nos cansa con los monitores y un largo etcétera. Proponía esquemáticamente una netbook de baja potencia, con monitor en blanco y negro y sin brillo. Absolutamente todas las personas a quienes compartía la idea me decían que estaba loco.

Incluso la comenté a varios hackers en el transcurso de mi maestría con la esperanza de que se entusiasmaran y me ayudaran a construir dicha netbook. Pero me dijeron más o menos lo mismo. Uno de ellos, en una reunión en San Diego, me dijo: "Básicamente lo que tu quieres es un Kindle en forma de laptop". Cuando respondí afirmativamente, simplemente asentió como diciendo: "Pobre mexicanito iluso".

Y bien, debido a la presión social y a que andaba ocupado con otros asuntos, la idea quedó en el quemador trasero de la estufa de mis ocurrencias como tantas otras veces. Ahora ya todo mundo está enamorado de la computación móvil. Creo ser uno de los pocos que todavía prefiere una computadora de escritorio. Claro, ya tengo un smartphone y no puedo vivir sin él, aunque lo maldigo diario. Pero las tablets me parecen un retroceso tecnológico enorme y las aborrezco con todo mi ser. Gracias a ellas volvimos a un mundo monotarea, monousuario y de procesamiento lento. El desarrollo de software retrocedió casi hasta los setenta con las llamadas "apps". Pero en fin, ya son chocheces de un treintón que no entiende la posmodernidad.

El punto de este escrito es avisarles que está próximo a salir lo que estaba buscando: Una máquina de escribir digital. El diseño es prácticamente el que se me ocurrió en 2010, pero su función es más especializada. Estoy muy feliz de que alguien más haya tenido la misma inquietud que yo. La Hemingwrite es un dispositivo que tiene teclado y pantalla, sin embargo no sirve para navegar por la Internet. Únicamente sirve para escribir. De la misma forma que el Kindle sólo sirve para leer. Y NO estoy hablando de un Kindle Fire, como todo mundo pregunta cuando menciono al aparato. ¿Qué no conciben un mundo fuera de las tabletas?

En fin. La pantalla del Hemingwrite es de e-ink, por lo que parece papel y no cansa la vista. La duración de la batería es espléndida, sincroniza con Google Drive y Evernote, evita distracciones, es portátil y su construcción es bastante ruda. Es simplemente perfecta. Al menos en teoría, por que el dichoso aparatejo todavía no sale a la venta. Los creadores se encuentran recaudando fondos y en etapa de desarrollo. Sin embargo, ya ha generado altas expectativas. Espero que no cueste demasiado caro, porque francamente NECESITO algo así.

Amo escribir y extraño las máquinas de escribir. Con ellas uno se dedica precisamente a eso. De hecho me compré una hace algunos años, una Royal como la que usaba Hemingway. No soy tan hipster como para comprarla por eso. La compré en un tianguis de Estados Unidos y cuando investigué sobre ella resulta que era ese modelo. Por desgracia tenía como dos teclas desviadas, que siempre se atoraron cuando las presionaba, por lo que no me fue muy útil. Estuve buscando en Mexicali donde repararla, pero no encontré y hasta la fecha está acumulando polvo. Pero no nos engañemos: La triste realidad es que no la utilicé porque no es digital. Es poco conveniente un dispositivo que obliga a escribir dos veces: la primera en papel y la segunda en la computadora. Es totalmente impráctico.

Además, es sumamente pedante llegar a un lugar con una máquina de escribir. Se me ocurre, no sé por qué, que alguien llegue a un Starbucks y empiece a teclear. ¡No mames! ¿Qué es eso? Mejor que se ponga bufanda en verano y un sombrerito ridículo. No, no, no. Hay que tener un poco más de clase. Ya las máquinas de escribir vieron sus mejores años, es hora de abandonar la nostalgia y decirles adiós.

¿Pero quién soy yo para decir eso? Soy un ser triste porque acaban de cerrar el último lugar que todavía revelaba rollos fotográficos en Ensenada. Si, todavía tomo fotos de rollo. Así que en el campo de la ridiculez no quedo muy bien parado. Pero no llegaré al extremo de mecanografiar en un lugar público. ¡Eso nunca!

A lo que voy es que estamos demasiado ensimismados con las apps, las interfaces gráficas, las tablets y las redes sociales. Quizá no son la mejor opción para muchas cosas, pero es lo único que la gente conoce. Y, lo admito, la Hemingwrite es un dispositivo mamón. ¿Por qué tuvieron que referenciar a Hemingway en el título? Por mamones. ¿Por qué las teclas no están etiquetadas? Por mamones. ¿Por qué pusieron forma sobre función? Por mamones. Es evidente: El diseño es horrible. Es nostálgico de una manera bastante kitschy. Pero creo que cumple su cometido.

Creo que el verdadero problema es que soy un mamón, y por ello I need that shit right now. Estoy seguro de que cambiará mi forma de trabajar de la misma forma en que el Kindle se convirtió en herramienta de trabajo. Lo compré también por el 2010 y lo uso casi diario desde entonces. Sueño conmigo mismo llegando al Starbucks a teclear en la Hemingwrite... Los engañé, odio Starbucks. Pero al menos comprobé que no estoy loco y hay otros que les interesaba un proyecto como el que traía en mente. Mi siguiente punto es convencer a gente de que los celulares con teclados físicos son buena idea.

Les dejo la página web del proyecto para que lo chequen por si gustan: http://hemingwrite.com/.

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Las canciones fugitivas

Las personas musicales nos exponemos a un peligro constante: el ataque inesperado de nuestra nueva canción favorita. La embestida es normalmente repentina, sin misericordia. Puede suceder en la calle. Por ejemplo: la canción brinca hacia ti desde el estéreo de un carro que va pasando. El impacto es súbito y desmoronador. No sabes ni qué te golpeó.

Tu nueva canción favorita puede estar también en el fondo de una película equis, acechándote. Incluso podría apuñalarte mientras comes en un restaurante, saltando desde un celular cercano. O en una fiesta o en un antro o en un videojuego. Puede aparecer con un pequeño hilo de caña tensado entre sus manos, para llegar por la espalda y asfixiarte con él.

Si eres musical, no te quedarás conforme con el ataque: Querrás más. Posiblemente indagarás el nombre de la canción. ¿Pero cómo? Posiblemente te acompañe alguien en ese momento y le preguntás casualmente: “¿Tú sabes cómo se llama esa canción?”. Si logra decírtelo, bien por ti. Resolviste el misterio y podrás llegar a tu casa a buscarla en YouTube y continuar la tortura.

¿Y si tu acompañante no sabe? Más te vale memorizar algún fragmento de la letra para googlearla después. Es mi estrategia cuando algo así me sucede. Pero no siempre es fácil escuchar y no siempre tengo a la mano con qué anotar. Mi celular es tan lento que al abrir la aplicación, ya se me pasó media canción e incluso terminó. A veces sólo pesco pedacitos que no dan buenos resultados en la búsqueda. Aún así, casi siempre doy con la canción responsable del delito.

¿Qué tal si es instrumental? Me ha sucedido. Lo que resta es intentar tararearla a conocidos. Si eres malo en eso, normalmente tu interlocutor sacudirá la cabeza y te dirá que no tiene ni puta idea de qué canción hablas. En el peor de los casos podrías explicar cómo suena: “Era una canción rockera, que la batería sonaba así y tenía órgano...”

Casi siempre darás la mayor cantidad posible de datos para obtener una respuesta. ¿De qué género es? ¿En qué idioma está? ¿De qué habla la letra? ¿Como de qué época es? ¿Dónde la escuchaste? ¿Cuánto dura? Posiblemente termines con algunas sugerencias de nombre. Pero también, posiblemente, compruebes que no son las canciones que estás buscando.

¿Ahora qué? Existen alternativas como Shazam. Una aplicación del celular que identifica canciones si grabas unos cuantos segundos de ella. Lo malo es, precisamente, que debes grabarla. Lo más probable es que no la tengas a la mano. Existe Spotify, donde podrías navegar en géneros parecidos para intentar descubrir a la canción malhechora. Preguntarás en foros, sin éxito, y estarás con la oreja bien parada para ver si la encuentras de nuevo.

Yo sé que para este punto, ya habrás identificado al 99% de estas traicioneras canciones. Pero también sé que en tu mente hay unas cuantas que nunca has podido identificar. Ahí siguen, ¿verdad? Se te han colado y residen en tu cabeza, alimentándose dolorosamente de tu cerebro, como un ácido que lo carcome poco a poco.

Lo único que queda es esperar. Esperar pacientemente el segundo ataque. Quizá suceda, quizá nunca. Hablo de esa segunda ocasión en donde, sin previo aviso, la canción te salteará el camino, se burlará de ti, te humillará. Gritará: “Aquí estoy otra vez, ¡ven por mí!” Quizá tu acompañante la identifique, quizá no. Quizá anotes parte de la letra, quizá no. Quizá alguien te lo diga, quizá no.

Pero como de costumbre, el encuentro es fugaz. Una estocada al corazón y una retirada presta. ¡Otra vez en las mismas!

Escribo esto por que ayer, por fin, pude encontrar a una de estas insidiosas villanas. Me tardé solo veinte años. La tengo aprisionada en un archivo, y aunque se vaya, sé su nombre y apellido. Aún quedan algunas sueltas, pero sigo atento.

Quizá en un futuro cercano se invente un método para que no se nos vaya una. Mientras tanto, espero que las tuyas aparezcan pronto. Por tu bien mental, espero que sí, porque la espera es larga. Te recomiendo que estés siempre atento, siempre preparado, porque buscan los momentos más inapropiados para salir. Buscan encontrarte con la guardia baja. Quieren volverte loco y tienen los recursos para lograrlo.

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De camino al trabajo (2011)

El siete de septiembre de 2011 publiqué en mi antiguo blog una descripción de todo lo que veía de camino al trabajo. En ese entonces estudiaba la maestría en estudios socioculturales me encontraba haciendo etnografía por primera vez. En un esfuerzo por registrar una realidad cotidiana de mi propia vida, hice este escrito que republico aquí. No está particularmente bien escrito, ni siquiera bien explicado, sólo registré lo primero que vino a mi mente. Al releerlo puedo revivir los detalles que había olvidado, la desesperación de encontrar mucha fila para Estados Unidos que me retrasaría. La fotografía es el lugar donde se ponía una carretita de tacos llamada el Pac-Man, en Pueblo Nuevo. Cuando yo pasaba por ahí en las mañanas nunca estaba. Desentierro este escrito por que pronto planeo hacer lo mismo, pero ahora en mi contexto ensenadense y con más cuidado en mi redacción.

* * *

De camino al trabajo normalmente tomo la avenida Colón. Es una avenida inusualmente recta y plana, de un solo sentido. Viaja paralela a la línea fronteriza. A través del cerco se atisban algunos campos de cultivo del condado Imperial y las casas más externas de Caléxico. A intervalos regulares se encuentran las camionetas de la migra. Los primeros metros de Estados Unidos, desde el cerco hacia allá dentro, son de pura tierra aplanada. Los camiones de la migra la aplanan regularmente. Supongo que para ver las huellas de cualquier persona que quiera cruzarse. Por el trayecto por donde yo paso, la avenida Colón tiene únicamente un alto. Todo lo demás puede recorrerse sin obstáculos y a toda velocidad si te quieres arriesgar a una multa.

Normalmente veo cuánta fila hay para cruzar al otro lado. Si hay demasiada, me puede estorbar para mi camino porque invade gran parte de la avenida. A la hora que entro al trabajo no hay mucha, aunque hace poco me tocó ver una fila exagerada. Dejo atrás la fila metiéndome por el carril de extrema izquierda. Hay un momento en donde uno debe decidir si entrar en la fila o salirse por el carril que normalmente yo tomo, porque hay un muro de contención que lo evita más adelante. Cuando uno pasa más allá de cierto punto, ya no hay salida de la fila, el muro lo impide. Así que es importante prestar atención, puede uno perder toda la tarde por un simple error (en Tijuana es peor). Cuando era niño había varias posibles salidas, pero supongo que por motivos de seguridad se han eliminado.

También agarrar ese carril tiene su chiste. Hay una fila especial para cruzar al otro lado que se llama "sentri". Para obtener pase por ahí hay que pasar por una serie de trámites y pagar una cuota. Casi nunca está llena por que poca gente pasa por ahí, el objetivo es que sea más rápida que la fila normal. Pero a veces se satura, y llega a tapar el carril por el que normalmente voy al trabajo. En ese caso también se puede perder fácil una media hora haciendo fila sin deberla ni temerla, así que debo fijarme desde lejos si es el caso para tomar rutas alternas de ser necesario.

Paso por un lado de las oficinas de correo, la casa de la cultura, el parque héroes de Chapultepec y la Casona (un table-dance). El carril está sumamente deteriorado y tiene muchos baches. Además, es muy angosto y los vendedores ambulantes se atraviesan muchas veces sin cuidado. Es desesperantemente lento. A veces fantaseo con tener el poder del departamento de tránsito, y ver cómo resolvería esa situación. No encuentro la solución, hay de dos sopas: O reducir el parque o reducir el espacio de la fila. Quién sabe si eso suceda en un futuro cercano. El cerco de la frontera es seguro que no se moverá.

Cuando paso el carril de la "sentri", sigue otro carril angosto que da una vuelta que desemboca en el Hotel del Norte. Ese crucero también es desesperante y claustrofóbico por que mucha gente lo utiliza para subir y bajar estudiantes de Caléxico o para recoger a alguna persona que viene del otro lado. Tapan toda la pasada y la policía a veces ni puede entrar para quitarlos o multarlos. Se estacionan bloqueando todo y no les importa la gente que lleva prisa como yo. Además, los peatones ignoran olímpicamente el semáforo y se cruzan cuando está en verde para mí. Es como una carrera de obstáculos.

Logro pasar ese semáforo y después hay unos bares "turísticos", donde era el cabaret el Tecolote. Es una calle de un sentido, completamente deteriorada. Al fondo me topo con el hotel del migrante deportado. Doy vuelta a la derecha y bajo por el puente del río Nuevo hacia Pueblo Nuevo. Doy vuelta a la izquierda y avanzo por la primera calle. Paso por hoteles y edificios abandonados desde hace mucho, incluyendo uno que se cayó espontáneamente hace poco y los tacos el Pac-Man. Doy vuelta en un semáforo y cruzo pueblo nuevo. Paso por una iglesia y negocios con un estilo cincuentero, incluyendo un negocio de fotografía que siempre me ha intrigado, de nombre "Foto-Mex". Cuando paso por todos estos lugares siempre siento nostalgia por el viejo Mexicali.

Llego a otro semáforo, donde está otro edificio abandonado: El mercado del ahorro. Es la calle once. Sigo derecho pasando por bares, panaderías, cafés internet, tiendas de segunda, pizzerías, la arena coliseo, farmacias, parques, policías y gimnasios. Paso por el mercado Ley y la solo un precio, por Oxxos y gasolineras. También por un pickup que vende fruta, normalmente sandías.

Llego al cuartel militar, y enfrente se encuentra el COBACH Baja. Entro al estacionamiento.

Hace poco estaba pensando que no comprendo las ciudades sin frontera. Así como a aquellos que crecen en ciudades con mar le cuesta trabajo comprender una ciudad sin mar. Para mi la frontera es mi brújula.

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Historia del ojo

Durante mi último semestre en Mexicali, un ojo se me enrojeció repentinamente. No me dolía, pero el extraño enrojecimiento duró suficientes días como para ser preocupante. Al despertar, mi ojo estaba sellado por lagañas. Cada mañana me veía en el espejo esperando alguna mejoría, pero nada. Mis conocidos me recomendaron esperar un par de días. Aseguraron que probablemente se me pasaría solo.

Una semana después no estaba dispuesto a seguir esperando. Tomé mi bicicleta y me encaminé al médico más cercano. El consultorio estaba en una farmacia similares. La consulta costaba treinta pesos.

Pasé con el médico y le expliqué la situación. Me preguntó si algún animal me había picado recientemente. Yo le respondí que no. El afirmó que posiblemente sucedió y ni cuenta me di. No revisó el ojo. Es más: ni siquiera me miró. Todavía estaba yo hablando cuando ya escribía la receta. Me dijo que en una semana estaría como nuevo. Confié en él estúpidamente. Compré las gotas que me recetó y pedaleé hasta mi casa.

Al aplicarlas a mi rojo glóbulo, disminuyó el enrojecimiento pero no se quitó del todo. Seguí viéndome diario en el espejo. La cosa se puso peor. Mi párpado estaba caído y mi ojo estaba ya entrecerrado. Parecía quasimodo. No era conjuntivitis, porque ya la había tenido y no sentía lo mismo.

Después de otra semana terminé el tratamiento pero el asunto seguía sin resolverse. ¡Sabía que ese médico no me revisó bien! ¿Por qué no confío más en mis instintos? Decidí pedir una segunda opinión, así que tomé mi bicicleta de nuevo y fui al segundo médico más cercano. Incidentalmente estaba justo enfrente, en una farmacia "La más barata". No le hacían mucho honor a su nombre ya que la consulta médica costaba el doble: Sesenta pesos. "Pero bueno", pensé, "es por mi salud".

Llegué a la sala de espera y llené un formato sobre mi historial médico. Cuando entré al consultorio me topé de frente con el mismo médico que me había atendido antes. Me detuve un momento y él se me quedó viendo sorprendido, entendiendo la situación. "¿Cómo sigues?", me preguntó contrariado. Le dije que peor y le mostré mi ojo casi cerrado.

En esta ocasión sí me revisó y hasta me tomó la presión sanguínea. Me recetó unas gotas más fuertes y me dijo: "Con esto ahora sí se te va a quitar". Simplemente sentí que me recetó algo más fuerte, gotas con mayor potencia para comprobar su teoría. Porque repitió que seguramente me picó algún animal en la noche.

Pagué la consulta, ignoré su receta y pedaleé hasta otro médico, en otra farmacia similares. Sí, ya sé. Para ese punto debí aprender que las farmacias similares y conexas no resolverían mi problema pero andaba de terco y de codo.

El médico que me atendió en esta ocasión era relativamente joven y me revisó bien. También me tomo la presión pero no sé para qué. Me recetó unas gotas diferentes y una crema para el ojo. La idea me horrorizó en cuanto la mencionó. ¿Ponerme crema en el ojo? ¿Cómo? Es antinatural. "Pero bueno", pensé, "es por mi salud".

En el trabajo un compañero me asesoró en lo de ponerme la crema. A él le tocó hacer algo parecido por un problema que tuvo. De hecho, seguía poniéndose lágrimas artificiales porque se le resecaban los ojos. Me dijo que la manera más fácil de encremarme los ojos era colocar un poco de crema en el párpado de abajo y luego parpadear. Poco a poco aprendí a hacerlo.

Después de otra semana de tratamiento, el enrojecimiento bajó. Con los días desapareció por completo y mi ojo se abrió de nuevo. Me sentí renacer. Pero cuando terminé las dosis prescritas por el médico y dejé de ponerme las gotas y la crema, todo volvió a ponerse igual y hasta empeoró: Ahora tenía los dos ojos rojos. La gente me preguntaba qué me sucedía. Parecía Popeye, porque uno ojo estaba más cerrado que el otro. Hasta le pregunté a la doctora de la escuela donde trabajaba si podía ayudarme. Me observó poco convencida y recomendó gotas de manzanilla y compresas sobre el ojo. No me sirvieron para nada, por cierto.

Serían necesarias medidas más drásticas para resolver esto. Yo creo que ya habían pasado cuando menos dos meses con mi problema.

Busqué oftalmólogos en el directorio telefónico. Hice cita con uno, pero me costaría como seiscientos pesos la consulta. Ni modo, debí ir con él desde el principio.

Fui saliendo del trabajo y en la sala de espera había casi puros viejitos a punto de quedarse ciegos. Pasé con el oftalmólogo, un señor muy buena onda. Le platiqué mi odisea con los médicos y me dijo con una confianza contagiosa: "No te preocupes, te aliviarás en un dos por tres".

Me hizo pruebas más exhaustivas. Me preguntó si tenía alguna alergia. Respondí que no, que nunca había tenido ninguna. Replicó que quizá ya estaba llegando a la edad de los "nuncas": "Nunca había tenido alergia, nunca me había pasado esto..." (Muy original comentario, por cierto). Me puso varias gotas en los ojos. Unas eran para dormirlos, otras para dilatar la pupila y otras más quién sabe para qué. Me echó luces mientras me veía a través de un visor. Me recetó otra crema y otras gotas como si nada. El chiste me salió carísimo. Pero bueno, ya saben lo que pensé: "Es por mi salud".

Terminando la consulta incluso me preguntó si no estaba interesado en operarme los ojos. Que dejaría de necesitar los lentes y que no había riesgo de nada. Le comenté que lo pensaría.

Para este punto me convertí en todo un experto en ponerme crema, gotas e incluso tocar mis ojos sin siquiera parpadear. Ni sentía nada ya. La buena noticia fue que la medicina funcionó. Pero en cuando dejé de ponérmela, ¿adivinen qué? Mi ojo se puso rojo de nuevo. ¡Esto era el colmo!

Sin intenciones de rendirme, fui con un oftalmólogo más. Me lo recomendaron en el trabajo, el mismo compañero de las lágrimas artificiales.

Este médico fue el primero en sincerarse y admitir que no sabía lo que era. Como era de esperarse me recetó otra crema y otras gotas. Por algún motivo le tomé foto a la receta, creo que para guardarla en mi computadora y recordar cuándo me tocaban. Todos los médicos me recetaban gotas diferentes. Creo que usé todas las medicinas disponibles en el mercado. Aún tengo algunos de los botecitos por aquí guardados.

A fin de cuentas: ¿cómo se resolvió el asunto? Me mudé a Ensenada. Varias cosas se purificaron al llegar acá. Una de ellas fue mi ojo. Se me quitó el enrojecimiento poco a poco hasta que volvió a la normalidad. Mi ojo se abrió del todo y la situación pasó. Nunca me dolió, pero era sumamente molesto.

Hasta la fecha no sé que me pasó. ¿Contaminación? ¿Estrés? ¿Clima adverso? ¿Alergia? No tengo la menor idea. Sólo sé que tiré como más de tres mil pesos a la basura, o algo así. Yo pensaba que acudí a todos esos médicos y compré todos los medicamentos por mi salud, pero ahora veo que lo hice por que soy un vil neurótico.

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Odio la frase "se hizo añicos"

Gabriel García Márquez dijo que casi no usaba adverbios terminados en "mente", porque son una salida fácil. Que cuando los evitaba, surgían mejores y más bellas formas de decir las cosas. Supongo que es una manía que le surgió naturalmente (obviamente, yo no la tengo). Al escribir, tendemos a favorecer nuestras palabras favoritas, y escondemos aquellas que nos producen asco, repulsión o que nos jugaron una mala pasada.

Yo odio la frase "se hizo añicos". No me ofendió en ningún momento, solo carece totalmente de sentido. Se utiliza cuando algo se rompe en mil pedazos (prefiero esta última expresión). Perfecto, algo se hizo añicos... ¿Qué es eso?

Como pongo en la imagen, ni siquiera hay una definición en el diccionario. Sólo existe la definición del plural, y es: "Pedazos o piezas pequeñas en que se divide algo al romperse".

Algo me molesta de la definición: Es tautológica. La palabra añicos sólo sirve para decir que algo se "hizo añicos". Es su único uso posible.

¿Por qué no decir "pedacitos"? ¿Cuál es la ventaja de usar añicos?

Me molesta mucho esa palabra. Nunca la escribiré. Hoy tuve que hacerlo para explicarles esto, pero that's it!

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Señales que deberías tomar en cuenta para no entrar a un concurso de literatura

Hoy aprendí una valiosa lección. Hay ciertos concursos literarios a los cuales no se debe entrar. Entré a este en específico, un concurso español. Quedé "seleccionado", lo cual significa que seré publicado junto con otras cien personas aproximadamente, pero no gané nada. Estoy publicado en un libro que debo comprar si es que quiero leerme. Debí poner atención en que el concurso tiene las siguientes características:

  1. Tiene una falta de ortografía en el título.
  2. Su sitio web y comunicados utilizan la fuente Comic Sans.
  3. Las hojas membretadas de sus comunicados utilizan autoformas de Word (horribles, por cierto).
  4. Su sitio web es una página de hosting gratuito llena de anuncios.
  5. ...y que también usa Comic Sans.
  6. La dirección de correo electrónico es de hotmail.

Lamentablemente, sólo leí la convocatoria y envié mi texto. Casi todas estas señales las supe después de haberlo enviado. Así que ya saben: si ven estas señales, huyan por sus vidas.

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Vamos aprendiendo a perder

Cuando México todavía está ardido por el penal injusto, Brasil acaba de empequeñecer cualquier derrota. Siete a uno favor Alemania. Marcador histórico y difícil de procesar. Para los brasileños esto equivale a una violación en su propia casa. Es muy pronto para saber cómo reaccionarán o cómo se explicarán a si mismos tan traumático fracaso.

Mientras tanto escribo esto porque la derrota me alegró de cierta forma. Mi esperanza es que los mexicanos dejen de quejarse del juego contra Holanda. Estoy harto de lo pésimos para perder que somos los mexicanos. Todavía aprendiéramos algo de nuestras derrotas, pero lo peor es que no aprendemos nada. La máxima enseñanza que obtuvimos del partido fue: "No era penal".

¿Qué significa esa cantaleta de niño frustrado? Desde mi punto de vista se trata de un discurso perdedor: "Hubiéramos ganado si no fuera por..." Según lo que entendí, México hubiera ganado el mundial si no fuera porque el árbitro no marcó un penal. Nada más importa, nada más determina, nada más influye: Si México no es el supremo campeón del mundo es porque no lo dejan ser. Sí, pues, sigamos todos en el sueño colectivo. México jugó bien, superó las expectativas, pero ese penal no cambia las cosas. ¿Podemos aprender a perder? Admitamos que México dio lo que podía dar, ni más ni menos. El día que podamos decirnos eso a nosotros mismos sin sentirnos mal, las cosas cambiarán.

Pero bueno, el fútbol es sólo un juego... Lo malo es que esa actitud está en todas partes. Nos conformamos con actuar como el niño al que todos le hacen trampa. Gritamos que es injusto, que nos jugaron sucio, y nos quedamos así. Con la ira atorada, con la indignación y el sentido de injusticia. Y ya. Hacemos catarsis y nos paralizamos.

La gente soltó sus lágrimas en el mundial, todo mundo con la cabeza baja en la calle. Mientras, los legisladores chambeándole bien duro. La gasolina cada vez más alta, Televisa dando patadas de ahogado intentando imponer modelos obsoletos y bloqueando toda innovación, jodiendo a todo mundo. Un presidente que está masacrando la economía del país. Tenemos gritos de indignación y memes para todo. Y ya, a lo que sigue. Facebook nos hizo reflexionar, "hicimos conciencia" y fin.

Ya está medio trillado el decir que la gente está enajenada con el fútbol y demás. Pero eso no quita que si sean bastante contradictorias nuestras reacciones. Todavía tenemos el trauma de que "vinieron los españoles y nos robaron todo" y no tuvimos a quién recurrir. Eso le pasó hace siglos a personas que vivían aquí antes de que hubiera mexicanos en este suelo. ¿Cuál es nuestro pretexto? ¿Hasta cuándo le vamos a seguir echando la culpa a los demás, al pasado, de nuestras derrotas presentes?

Y ya vine yo a hacer mi catarsis aquí. En fin...

Nos vemos que me voy a la presentación del libro.

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Presentación de los libros “Navegador de historias” y “Mudarse al ático” de CEAL.

Desde hace un año medio he impartido un taller de literatura en Ensenada. El objetivo no es sólo el aprender a escribir cuento breve, también publicarlo en línea. Seguro, todo mundo puede crear un blog y empezar a colgar sus textitos. Mi idea era entrenar a los asistentes para la publicación de libros electrónicos.

Después de bastante trabajo y esfuerzo, por fin podremos mostrar nuestro trabajo. Haremos una lectura de cuentos el próximo martes 8 de julio, en CEARTE, a las 7 pm. El primer libro se llama "Navegador de historias: Treinta cuentos cortos y un prólogo desesperado". Ya se puede descargar gratis de Smashwords y Goodreads en formato ePubTambién puede comprarse, si quieren apoyarnos, a 99 centavos de dólar en la tienda del Kindle de Amazon, y en breve podrán comprar versiones impresas en Lulu.com.

El segundo libro está en proceso, pero presentaremos algunos textos. Se llama "Mudarse al ático" y estará disponible por los mismos canales. Ambos son distribuidos con una licencia Creative Commons.

El próximo martes contaremos con los siguientes lectores: Carla Maldonado, Luis Carlos Salgado, Rha-Bel Pérez, Manuel Sánchez, Martín Espinoza, Juan Rodríguez, Damián Fuentes. Además, estará Alejandro Espiniza, el coordinador de CEAL.

Los esperamos.

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