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Las canciones fugitivas

Las personas musicales nos exponemos a un peligro constante: el ataque inesperado de nuestra nueva canción favorita. La embestida es normalmente repentina, sin misericordia. Puede suceder en la calle. Por ejemplo: la canción brinca hacia ti desde el estéreo de un carro que va pasando. El impacto es súbito y desmoronador. No sabes ni qué te golpeó.

Tu nueva canción favorita puede estar también en el fondo de una película equis, acechándote. Incluso podría apuñalarte mientras comes en un restaurante, saltando desde un celular cercano. O en una fiesta o en un antro o en un videojuego. Puede aparecer con un pequeño hilo de caña tensado entre sus manos, para llegar por la espalda y asfixiarte con él.

Si eres musical, no te quedarás conforme con el ataque: Querrás más. Posiblemente indagarás el nombre de la canción. ¿Pero cómo? Posiblemente te acompañe alguien en ese momento y le preguntás casualmente: “¿Tú sabes cómo se llama esa canción?”. Si logra decírtelo, bien por ti. Resolviste el misterio y podrás llegar a tu casa a buscarla en YouTube y continuar la tortura.

¿Y si tu acompañante no sabe? Más te vale memorizar algún fragmento de la letra para googlearla después. Es mi estrategia cuando algo así me sucede. Pero no siempre es fácil escuchar y no siempre tengo a la mano con qué anotar. Mi celular es tan lento que al abrir la aplicación, ya se me pasó media canción e incluso terminó. A veces sólo pesco pedacitos que no dan buenos resultados en la búsqueda. Aún así, casi siempre doy con la canción responsable del delito.

¿Qué tal si es instrumental? Me ha sucedido. Lo que resta es intentar tararearla a conocidos. Si eres malo en eso, normalmente tu interlocutor sacudirá la cabeza y te dirá que no tiene ni puta idea de qué canción hablas. En el peor de los casos podrías explicar cómo suena: “Era una canción rockera, que la batería sonaba así y tenía órgano...”

Casi siempre darás la mayor cantidad posible de datos para obtener una respuesta. ¿De qué género es? ¿En qué idioma está? ¿De qué habla la letra? ¿Como de qué época es? ¿Dónde la escuchaste? ¿Cuánto dura? Posiblemente termines con algunas sugerencias de nombre. Pero también, posiblemente, compruebes que no son las canciones que estás buscando.

¿Ahora qué? Existen alternativas como Shazam. Una aplicación del celular que identifica canciones si grabas unos cuantos segundos de ella. Lo malo es, precisamente, que debes grabarla. Lo más probable es que no la tengas a la mano. Existe Spotify, donde podrías navegar en géneros parecidos para intentar descubrir a la canción malhechora. Preguntarás en foros, sin éxito, y estarás con la oreja bien parada para ver si la encuentras de nuevo.

Yo sé que para este punto, ya habrás identificado al 99% de estas traicioneras canciones. Pero también sé que en tu mente hay unas cuantas que nunca has podido identificar. Ahí siguen, ¿verdad? Se te han colado y residen en tu cabeza, alimentándose dolorosamente de tu cerebro, como un ácido que lo carcome poco a poco.

Lo único que queda es esperar. Esperar pacientemente el segundo ataque. Quizá suceda, quizá nunca. Hablo de esa segunda ocasión en donde, sin previo aviso, la canción te salteará el camino, se burlará de ti, te humillará. Gritará: “Aquí estoy otra vez, ¡ven por mí!” Quizá tu acompañante la identifique, quizá no. Quizá anotes parte de la letra, quizá no. Quizá alguien te lo diga, quizá no.

Pero como de costumbre, el encuentro es fugaz. Una estocada al corazón y una retirada presta. ¡Otra vez en las mismas!

Escribo esto por que ayer, por fin, pude encontrar a una de estas insidiosas villanas. Me tardé solo veinte años. La tengo aprisionada en un archivo, y aunque se vaya, sé su nombre y apellido. Aún quedan algunas sueltas, pero sigo atento.

Quizá en un futuro cercano se invente un método para que no se nos vaya una. Mientras tanto, espero que las tuyas aparezcan pronto. Por tu bien mental, espero que sí, porque la espera es larga. Te recomiendo que estés siempre atento, siempre preparado, porque buscan los momentos más inapropiados para salir. Buscan encontrarte con la guardia baja. Quieren volverte loco y tienen los recursos para lograrlo.

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De camino al trabajo (2011)

El siete de septiembre de 2011 publiqué en mi antiguo blog una descripción de todo lo que veía de camino al trabajo. En ese entonces estudiaba la maestría en estudios socioculturales me encontraba haciendo etnografía por primera vez. En un esfuerzo por registrar una realidad cotidiana de mi propia vida, hice este escrito que republico aquí. No está particularmente bien escrito, ni siquiera bien explicado, sólo registré lo primero que vino a mi mente. Al releerlo puedo revivir los detalles que había olvidado, la desesperación de encontrar mucha fila para Estados Unidos que me retrasaría. La fotografía es el lugar donde se ponía una carretita de tacos llamada el Pac-Man, en Pueblo Nuevo. Cuando yo pasaba por ahí en las mañanas nunca estaba. Desentierro este escrito por que pronto planeo hacer lo mismo, pero ahora en mi contexto ensenadense y con más cuidado en mi redacción.

* * *

De camino al trabajo normalmente tomo la avenida Colón. Es una avenida inusualmente recta y plana, de un solo sentido. Viaja paralela a la línea fronteriza. A través del cerco se atisban algunos campos de cultivo del condado Imperial y las casas más externas de Caléxico. A intervalos regulares se encuentran las camionetas de la migra. Los primeros metros de Estados Unidos, desde el cerco hacia allá dentro, son de pura tierra aplanada. Los camiones de la migra la aplanan regularmente. Supongo que para ver las huellas de cualquier persona que quiera cruzarse. Por el trayecto por donde yo paso, la avenida Colón tiene únicamente un alto. Todo lo demás puede recorrerse sin obstáculos y a toda velocidad si te quieres arriesgar a una multa.

Normalmente veo cuánta fila hay para cruzar al otro lado. Si hay demasiada, me puede estorbar para mi camino porque invade gran parte de la avenida. A la hora que entro al trabajo no hay mucha, aunque hace poco me tocó ver una fila exagerada. Dejo atrás la fila metiéndome por el carril de extrema izquierda. Hay un momento en donde uno debe decidir si entrar en la fila o salirse por el carril que normalmente yo tomo, porque hay un muro de contención que lo evita más adelante. Cuando uno pasa más allá de cierto punto, ya no hay salida de la fila, el muro lo impide. Así que es importante prestar atención, puede uno perder toda la tarde por un simple error (en Tijuana es peor). Cuando era niño había varias posibles salidas, pero supongo que por motivos de seguridad se han eliminado.

También agarrar ese carril tiene su chiste. Hay una fila especial para cruzar al otro lado que se llama "sentri". Para obtener pase por ahí hay que pasar por una serie de trámites y pagar una cuota. Casi nunca está llena por que poca gente pasa por ahí, el objetivo es que sea más rápida que la fila normal. Pero a veces se satura, y llega a tapar el carril por el que normalmente voy al trabajo. En ese caso también se puede perder fácil una media hora haciendo fila sin deberla ni temerla, así que debo fijarme desde lejos si es el caso para tomar rutas alternas de ser necesario.

Paso por un lado de las oficinas de correo, la casa de la cultura, el parque héroes de Chapultepec y la Casona (un table-dance). El carril está sumamente deteriorado y tiene muchos baches. Además, es muy angosto y los vendedores ambulantes se atraviesan muchas veces sin cuidado. Es desesperantemente lento. A veces fantaseo con tener el poder del departamento de tránsito, y ver cómo resolvería esa situación. No encuentro la solución, hay de dos sopas: O reducir el parque o reducir el espacio de la fila. Quién sabe si eso suceda en un futuro cercano. El cerco de la frontera es seguro que no se moverá.

Cuando paso el carril de la "sentri", sigue otro carril angosto que da una vuelta que desemboca en el Hotel del Norte. Ese crucero también es desesperante y claustrofóbico por que mucha gente lo utiliza para subir y bajar estudiantes de Caléxico o para recoger a alguna persona que viene del otro lado. Tapan toda la pasada y la policía a veces ni puede entrar para quitarlos o multarlos. Se estacionan bloqueando todo y no les importa la gente que lleva prisa como yo. Además, los peatones ignoran olímpicamente el semáforo y se cruzan cuando está en verde para mí. Es como una carrera de obstáculos.

Logro pasar ese semáforo y después hay unos bares "turísticos", donde era el cabaret el Tecolote. Es una calle de un sentido, completamente deteriorada. Al fondo me topo con el hotel del migrante deportado. Doy vuelta a la derecha y bajo por el puente del río Nuevo hacia Pueblo Nuevo. Doy vuelta a la izquierda y avanzo por la primera calle. Paso por hoteles y edificios abandonados desde hace mucho, incluyendo uno que se cayó espontáneamente hace poco y los tacos el Pac-Man. Doy vuelta en un semáforo y cruzo pueblo nuevo. Paso por una iglesia y negocios con un estilo cincuentero, incluyendo un negocio de fotografía que siempre me ha intrigado, de nombre "Foto-Mex". Cuando paso por todos estos lugares siempre siento nostalgia por el viejo Mexicali.

Llego a otro semáforo, donde está otro edificio abandonado: El mercado del ahorro. Es la calle once. Sigo derecho pasando por bares, panaderías, cafés internet, tiendas de segunda, pizzerías, la arena coliseo, farmacias, parques, policías y gimnasios. Paso por el mercado Ley y la solo un precio, por Oxxos y gasolineras. También por un pickup que vende fruta, normalmente sandías.

Llego al cuartel militar, y enfrente se encuentra el COBACH Baja. Entro al estacionamiento.

Hace poco estaba pensando que no comprendo las ciudades sin frontera. Así como a aquellos que crecen en ciudades con mar le cuesta trabajo comprender una ciudad sin mar. Para mi la frontera es mi brújula.

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Historia del ojo

Durante mi último semestre en Mexicali, un ojo se me enrojeció repentinamente. No me dolía, pero el extraño enrojecimiento duró suficientes días como para ser preocupante. Al despertar, mi ojo estaba sellado por lagañas. Cada mañana me veía en el espejo esperando alguna mejoría, pero nada. Mis conocidos me recomendaron esperar un par de días. Aseguraron que probablemente se me pasaría solo.

Una semana después no estaba dispuesto a seguir esperando. Tomé mi bicicleta y me encaminé al médico más cercano. El consultorio estaba en una farmacia similares. La consulta costaba treinta pesos.

Pasé con el médico y le expliqué la situación. Me preguntó si algún animal me había picado recientemente. Yo le respondí que no. El afirmó que posiblemente sucedió y ni cuenta me di. No revisó el ojo. Es más: ni siquiera me miró. Todavía estaba yo hablando cuando ya escribía la receta. Me dijo que en una semana estaría como nuevo. Confié en él estúpidamente. Compré las gotas que me recetó y pedaleé hasta mi casa.

Al aplicarlas a mi rojo glóbulo, disminuyó el enrojecimiento pero no se quitó del todo. Seguí viéndome diario en el espejo. La cosa se puso peor. Mi párpado estaba caído y mi ojo estaba ya entrecerrado. Parecía quasimodo. No era conjuntivitis, porque ya la había tenido y no sentía lo mismo.

Después de otra semana terminé el tratamiento pero el asunto seguía sin resolverse. ¡Sabía que ese médico no me revisó bien! ¿Por qué no confío más en mis instintos? Decidí pedir una segunda opinión, así que tomé mi bicicleta de nuevo y fui al segundo médico más cercano. Incidentalmente estaba justo enfrente, en una farmacia "La más barata". No le hacían mucho honor a su nombre ya que la consulta médica costaba el doble: Sesenta pesos. "Pero bueno", pensé, "es por mi salud".

Llegué a la sala de espera y llené un formato sobre mi historial médico. Cuando entré al consultorio me topé de frente con el mismo médico que me había atendido antes. Me detuve un momento y él se me quedó viendo sorprendido, entendiendo la situación. "¿Cómo sigues?", me preguntó contrariado. Le dije que peor y le mostré mi ojo casi cerrado.

En esta ocasión sí me revisó y hasta me tomó la presión sanguínea. Me recetó unas gotas más fuertes y me dijo: "Con esto ahora sí se te va a quitar". Simplemente sentí que me recetó algo más fuerte, gotas con mayor potencia para comprobar su teoría. Porque repitió que seguramente me picó algún animal en la noche.

Pagué la consulta, ignoré su receta y pedaleé hasta otro médico, en otra farmacia similares. Sí, ya sé. Para ese punto debí aprender que las farmacias similares y conexas no resolverían mi problema pero andaba de terco y de codo.

El médico que me atendió en esta ocasión era relativamente joven y me revisó bien. También me tomo la presión pero no sé para qué. Me recetó unas gotas diferentes y una crema para el ojo. La idea me horrorizó en cuanto la mencionó. ¿Ponerme crema en el ojo? ¿Cómo? Es antinatural. "Pero bueno", pensé, "es por mi salud".

En el trabajo un compañero me asesoró en lo de ponerme la crema. A él le tocó hacer algo parecido por un problema que tuvo. De hecho, seguía poniéndose lágrimas artificiales porque se le resecaban los ojos. Me dijo que la manera más fácil de encremarme los ojos era colocar un poco de crema en el párpado de abajo y luego parpadear. Poco a poco aprendí a hacerlo.

Después de otra semana de tratamiento, el enrojecimiento bajó. Con los días desapareció por completo y mi ojo se abrió de nuevo. Me sentí renacer. Pero cuando terminé las dosis prescritas por el médico y dejé de ponerme las gotas y la crema, todo volvió a ponerse igual y hasta empeoró: Ahora tenía los dos ojos rojos. La gente me preguntaba qué me sucedía. Parecía Popeye, porque uno ojo estaba más cerrado que el otro. Hasta le pregunté a la doctora de la escuela donde trabajaba si podía ayudarme. Me observó poco convencida y recomendó gotas de manzanilla y compresas sobre el ojo. No me sirvieron para nada, por cierto.

Serían necesarias medidas más drásticas para resolver esto. Yo creo que ya habían pasado cuando menos dos meses con mi problema.

Busqué oftalmólogos en el directorio telefónico. Hice cita con uno, pero me costaría como seiscientos pesos la consulta. Ni modo, debí ir con él desde el principio.

Fui saliendo del trabajo y en la sala de espera había casi puros viejitos a punto de quedarse ciegos. Pasé con el oftalmólogo, un señor muy buena onda. Le platiqué mi odisea con los médicos y me dijo con una confianza contagiosa: "No te preocupes, te aliviarás en un dos por tres".

Me hizo pruebas más exhaustivas. Me preguntó si tenía alguna alergia. Respondí que no, que nunca había tenido ninguna. Replicó que quizá ya estaba llegando a la edad de los "nuncas": "Nunca había tenido alergia, nunca me había pasado esto..." (Muy original comentario, por cierto). Me puso varias gotas en los ojos. Unas eran para dormirlos, otras para dilatar la pupila y otras más quién sabe para qué. Me echó luces mientras me veía a través de un visor. Me recetó otra crema y otras gotas como si nada. El chiste me salió carísimo. Pero bueno, ya saben lo que pensé: "Es por mi salud".

Terminando la consulta incluso me preguntó si no estaba interesado en operarme los ojos. Que dejaría de necesitar los lentes y que no había riesgo de nada. Le comenté que lo pensaría.

Para este punto me convertí en todo un experto en ponerme crema, gotas e incluso tocar mis ojos sin siquiera parpadear. Ni sentía nada ya. La buena noticia fue que la medicina funcionó. Pero en cuando dejé de ponérmela, ¿adivinen qué? Mi ojo se puso rojo de nuevo. ¡Esto era el colmo!

Sin intenciones de rendirme, fui con un oftalmólogo más. Me lo recomendaron en el trabajo, el mismo compañero de las lágrimas artificiales.

Este médico fue el primero en sincerarse y admitir que no sabía lo que era. Como era de esperarse me recetó otra crema y otras gotas. Por algún motivo le tomé foto a la receta, creo que para guardarla en mi computadora y recordar cuándo me tocaban. Todos los médicos me recetaban gotas diferentes. Creo que usé todas las medicinas disponibles en el mercado. Aún tengo algunos de los botecitos por aquí guardados.

A fin de cuentas: ¿cómo se resolvió el asunto? Me mudé a Ensenada. Varias cosas se purificaron al llegar acá. Una de ellas fue mi ojo. Se me quitó el enrojecimiento poco a poco hasta que volvió a la normalidad. Mi ojo se abrió del todo y la situación pasó. Nunca me dolió, pero era sumamente molesto.

Hasta la fecha no sé que me pasó. ¿Contaminación? ¿Estrés? ¿Clima adverso? ¿Alergia? No tengo la menor idea. Sólo sé que tiré como más de tres mil pesos a la basura, o algo así. Yo pensaba que acudí a todos esos médicos y compré todos los medicamentos por mi salud, pero ahora veo que lo hice por que soy un vil neurótico.

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Odio la frase "se hizo añicos"

Gabriel García Márquez dijo que casi no usaba adverbios terminados en "mente", porque son una salida fácil. Que cuando los evitaba, surgían mejores y más bellas formas de decir las cosas. Supongo que es una manía que le surgió naturalmente (obviamente, yo no la tengo). Al escribir, tendemos a favorecer nuestras palabras favoritas, y escondemos aquellas que nos producen asco, repulsión o que nos jugaron una mala pasada.

Yo odio la frase "se hizo añicos". No me ofendió en ningún momento, solo carece totalmente de sentido. Se utiliza cuando algo se rompe en mil pedazos (prefiero esta última expresión). Perfecto, algo se hizo añicos... ¿Qué es eso?

Como pongo en la imagen, ni siquiera hay una definición en el diccionario. Sólo existe la definición del plural, y es: "Pedazos o piezas pequeñas en que se divide algo al romperse".

Algo me molesta de la definición: Es tautológica. La palabra añicos sólo sirve para decir que algo se "hizo añicos". Es su único uso posible.

¿Por qué no decir "pedacitos"? ¿Cuál es la ventaja de usar añicos?

Me molesta mucho esa palabra. Nunca la escribiré. Hoy tuve que hacerlo para explicarles esto, pero that's it!

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Señales que deberías tomar en cuenta para no entrar a un concurso de literatura

Hoy aprendí una valiosa lección. Hay ciertos concursos literarios a los cuales no se debe entrar. Entré a este en específico, un concurso español. Quedé "seleccionado", lo cual significa que seré publicado junto con otras cien personas aproximadamente, pero no gané nada. Estoy publicado en un libro que debo comprar si es que quiero leerme. Debí poner atención en que el concurso tiene las siguientes características:

  1. Tiene una falta de ortografía en el título.
  2. Su sitio web y comunicados utilizan la fuente Comic Sans.
  3. Las hojas membretadas de sus comunicados utilizan autoformas de Word (horribles, por cierto).
  4. Su sitio web es una página de hosting gratuito llena de anuncios.
  5. ...y que también usa Comic Sans.
  6. La dirección de correo electrónico es de hotmail.

Lamentablemente, sólo leí la convocatoria y envié mi texto. Casi todas estas señales las supe después de haberlo enviado. Así que ya saben: si ven estas señales, huyan por sus vidas.

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Vamos aprendiendo a perder

Cuando México todavía está ardido por el penal injusto, Brasil acaba de empequeñecer cualquier derrota. Siete a uno favor Alemania. Marcador histórico y difícil de procesar. Para los brasileños esto equivale a una violación en su propia casa. Es muy pronto para saber cómo reaccionarán o cómo se explicarán a si mismos tan traumático fracaso.

Mientras tanto escribo esto porque la derrota me alegró de cierta forma. Mi esperanza es que los mexicanos dejen de quejarse del juego contra Holanda. Estoy harto de lo pésimos para perder que somos los mexicanos. Todavía aprendiéramos algo de nuestras derrotas, pero lo peor es que no aprendemos nada. La máxima enseñanza que obtuvimos del partido fue: "No era penal".

¿Qué significa esa cantaleta de niño frustrado? Desde mi punto de vista se trata de un discurso perdedor: "Hubiéramos ganado si no fuera por..." Según lo que entendí, México hubiera ganado el mundial si no fuera porque el árbitro no marcó un penal. Nada más importa, nada más determina, nada más influye: Si México no es el supremo campeón del mundo es porque no lo dejan ser. Sí, pues, sigamos todos en el sueño colectivo. México jugó bien, superó las expectativas, pero ese penal no cambia las cosas. ¿Podemos aprender a perder? Admitamos que México dio lo que podía dar, ni más ni menos. El día que podamos decirnos eso a nosotros mismos sin sentirnos mal, las cosas cambiarán.

Pero bueno, el fútbol es sólo un juego... Lo malo es que esa actitud está en todas partes. Nos conformamos con actuar como el niño al que todos le hacen trampa. Gritamos que es injusto, que nos jugaron sucio, y nos quedamos así. Con la ira atorada, con la indignación y el sentido de injusticia. Y ya. Hacemos catarsis y nos paralizamos.

La gente soltó sus lágrimas en el mundial, todo mundo con la cabeza baja en la calle. Mientras, los legisladores chambeándole bien duro. La gasolina cada vez más alta, Televisa dando patadas de ahogado intentando imponer modelos obsoletos y bloqueando toda innovación, jodiendo a todo mundo. Un presidente que está masacrando la economía del país. Tenemos gritos de indignación y memes para todo. Y ya, a lo que sigue. Facebook nos hizo reflexionar, "hicimos conciencia" y fin.

Ya está medio trillado el decir que la gente está enajenada con el fútbol y demás. Pero eso no quita que si sean bastante contradictorias nuestras reacciones. Todavía tenemos el trauma de que "vinieron los españoles y nos robaron todo" y no tuvimos a quién recurrir. Eso le pasó hace siglos a personas que vivían aquí antes de que hubiera mexicanos en este suelo. ¿Cuál es nuestro pretexto? ¿Hasta cuándo le vamos a seguir echando la culpa a los demás, al pasado, de nuestras derrotas presentes?

Y ya vine yo a hacer mi catarsis aquí. En fin...

Nos vemos que me voy a la presentación del libro.

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Presentación de los libros “Navegador de historias” y “Mudarse al ático” de CEAL.

Desde hace un año medio he impartido un taller de literatura en Ensenada. El objetivo no es sólo el aprender a escribir cuento breve, también publicarlo en línea. Seguro, todo mundo puede crear un blog y empezar a colgar sus textitos. Mi idea era entrenar a los asistentes para la publicación de libros electrónicos.

Después de bastante trabajo y esfuerzo, por fin podremos mostrar nuestro trabajo. Haremos una lectura de cuentos el próximo martes 8 de julio, en CEARTE, a las 7 pm. El primer libro se llama "Navegador de historias: Treinta cuentos cortos y un prólogo desesperado". Ya se puede descargar gratis de Smashwords y Goodreads en formato ePubTambién puede comprarse, si quieren apoyarnos, a 99 centavos de dólar en la tienda del Kindle de Amazon, y en breve podrán comprar versiones impresas en Lulu.com.

El segundo libro está en proceso, pero presentaremos algunos textos. Se llama "Mudarse al ático" y estará disponible por los mismos canales. Ambos son distribuidos con una licencia Creative Commons.

El próximo martes contaremos con los siguientes lectores: Carla Maldonado, Luis Carlos Salgado, Rha-Bel Pérez, Manuel Sánchez, Martín Espinoza, Juan Rodríguez, Damián Fuentes. Además, estará Alejandro Espiniza, el coordinador de CEAL.

Los esperamos.

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¿Qué tiene de malo gritar puto?

Ya todos escuchamos que la FIFA investigará a los aficionados mexicanos del fútbol por gritarles "puto" a algunos de los rivales. Me pregunto: ¿Por qué tanto escándalo? ¿Por qué se ofenden si los mexicanos le gritan "puto" al portero brasileño? Esto, por supuesto, no alude a su sexualidad, ni es denigrante para nadie... Es sólo una "medida de presión" para desestabilizar a los contrarios. ¿Por qué tanto escándalo? Además, ser homosexual no tiene nada de malo. Mientras hagan sus cosas donde nadie los vea y no se metan con nosotros todo está bien, ¿no?

Pero bueno, si ahora la FIFA prohíbe el uso de esa palabra, sugiero otras que quizá puedan servir una función similar. Ninguna de estas tiene una carga peyorativa, por supuesto. Serán solamente para presionar a los contrarios, sin ofender. ¿Va?

  • Indio: Esta palabra por supuesto no denota ninguna ofensa para ningún grupo étnico. Es sólo para designar de inútiles e inferiores a los contrarios. Así que nadie se ofenda, ¿eh?
  • Vieja: Así como cuando éramos niños gritábamos "el último es vieja" como si fuera lo peor del mundo. ¡También podríamos hacer eso con los contrarios! Esto tampoco debe malinterpretarse como denigración a la mujer. Es sólo una medida de presión. "Carrilla" sana.
  • Nigger: Ya si los contrincantes son angloparlantes, podemos usar esta palabra. No intentamos sobajar a nadie, ni ser racistas. Sólo dar un poco de carrilla. No tiene nada de malo ser negro, aclaro. Los respeto.

Ahora si, hay que pensar en qué gritar si también nos prohíben esas palabras.

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Vida zurda

De vez en cuando, cuando escribo en el pizarrón, algún alumno exclama de pronto: "Profe, ¡es zurdo!". Siempre es con una exclamación enorme, no sé por qué. Pero es verdad: Siempre escribo con la izquierda y siempre lo haré. Es tan cotidiano que rara vez pienso al respecto. Hasta me sorprendo yo mismo cuando alguien me lo recuerda.

Los diestros nunca entienden la vida de zurdos. Nunca comprenderán que cuando encuentras a otro como tú se crea una empatía instantánea, una conexión por compartir dificultades.

Algunas personas, sobre todo de más edad, cuentan que su infancia zurda fue una tortura. Quizá los corrigieron tanto que los "convirtieron" en derechos. Pero no nos engañemos. No, señores: Se nace y se muere zurdo. Quien diga lo contrario, miente. Es algo imborrable aunque lo intentes. (Aquí la sabiduría popular siempre dice: "Yo he escuchado que cuando hacen eso de corregirlos quedan con trastornos. No está bien hacer eso".)

Para mi fue muy fácil crecer así. Quizá porque en mi familia habemos varios zurdos. La primera vez que me di cuenta de que era algo extraño fue cuando leí un artículo en el periódico cuando era niño. Precisamente en el día del zurdo. El texto decía que "también somos personas" y que la gente debe tratarnos con "respeto" a pesar de ser diferente. What the fuck!, me quedé yo. Me sentí insultado. Nunca me había sentido raro por mi condición hasta que leí eso.

Batallé ya de adolescente. Mi secundaria tenía mesabancos con paleta pequeña. De esos que sólo te sirven para apoyar un cuaderno y un brazo. Y, obviamente, todos eran para diestros, así que eran mi martirio diario. Claro, eso cuando alcanzaba lugar. Si llegaba tarde me tenía que sentar en el suelo o en el bote de la basura.

El punto es que, para escribir, debía apoyar el cuaderno en la paleta y torcerme para escribir sin apoyar el brazo. Súper-incómodo. Todos los demás escribiendo campantes, como si nada.

Lo peor llegó cuando entré al taller de dibujo técnico. Dibujar a lápiz con la zurda es una tortura. Arrastras la mano por donde acabas de hacer un trazo y haces un cochinero. Tu mano termina totalmente cubierta de grafito.

Súmenle que mi profesora me cambió de lugar porque platicaba mucho. Me mandó a un restirador junto a un aire acondicionado que no servía. A veces lo encendían y mi lugar siempre estaba lleno de tierra. Mis trabajos eran una porquería y sacaba baja calificación. ¡Pero no era mi culpa! Les digo: El mundo es hostil contra los zurdos. De verdad. La profesora era diestra y no me creía.

He tenido con frecuencia las conversaciones obligadas: "¿Sabías que los zurdos viven menos?", te dicen los diestros con una sonrisita de superioridad. Luego les entra un poco la culpa por echarte en cara tu horrible condición y suavizan el tono: "Aunque también he leído que son más creativos y más inteligentes".

Un tercero siempre interviene: "Yo conozco a un zurdo. Es bien creativo… Los zurdos son bien raros. Por eso eres así, ¿verdad?".

Si hay una cuarta persona presente, quizá continuará con lo siguiente: "¿Qué tiene de especial ser zurdo? Es lo mismo que ser derecho, sólo que escribes con la otra mano. ¿Eso qué?".

Ahí es donde intervengo yo. Les cuento anécdotas como las que mencioné. Les explico un poco las dificultades de vivir con esto. Ilustro como todo en este mundo está diseñado para diestros. Sé que me escuchan, pero sus mentes ya están en otras partes porque ya han tenido esta conversación antes.

Otro dirá: "Me acordé del capítulo de Los Simpsons cuando Flanders abre una tienda para zurdos". Le responderán: "¡Ah, sí! Está bien chistoso".

La conversación continúa, se las podría seguir narrando al dedillo. Yo me quedo ahí, observando, deseoso de encontrar otro zurdo cerca. Alguien para unir fuerzas en ese momento y mandar a la goma a los diestros durante un ratito. Pero somos menos del 13% de la población. Normalmente me quedo con las ganas.

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¿Por qué los ensenadenses manejan tan mal?

Llevo dos años manejando en Ensenada. No ha sido una experiencia grata. Disculpen que se los diga pero qué mal manejan. De verdad.

Al principio no sabía lo que sucedía. Pensé que por no conocer la ciudad hacía todo mal. Otros conductores me gritaban, se me atravesaban en los altos, los peatones de pronto aparecían como vacas sueltas a media calle… Una pesadilla de bajo presupuesto.

No era yo. Con el tiempo aprendí que así son las cosas aquí. La gente no hace los altos, se estacionan donde les da la gana, invaden carriles, los peatones cruzan por cualquier parte sin precaución…

El caos vial es un mal común de muchas ciudades. Normalmente se asocia con el exceso de velocidad y tráfico abundante. En Ensenada no es así: Casi no hay automóviles en circulación y todos avanzan en cámara lenta.

Observen ustedes cualquier calle de Ensenada: Sentirán que el tiempo se dilata. Si el límite de velocidad de una calle es de 60 km/h, esperen avanzar a 40 cuando mucho. Los demás conductores no los dejarán pasar.

¿Cómo puede existir caos vial con velocidades tan bajas? Yo tampoco me lo explicaba, hasta que lo viví en carne propia. ¿No es más fácil tener precauciones y fijarse cuando todo va lento? Aparentemente, en Ensenada no.

He tocado este tema con varias personas y casi todos coinciden. Cuando les pregunto el por qué, nadie sabe responder a ciencia cierta. ¿Qué sucede? ¿Los conductores todavía sienten que viven en una pueblito de quince cuadras o qué pasa? No tengo la menor idea.

Aquí les va un pequeño tutorial para que cuando vengan no batallen tanto en adaptarse al tráfico ensenadense.

Sobre los altos: De preferencia no hay que hacerlos. Pero cuando no hay opción, debes reducir la velocidad lo menos posible. Llegarás al alto y, en cuando puedas, acelera de nuevo para ganarle a los demás conductores que esperan tu descuido para agandallar tu turno. Si hay algún peatón cruzando la calle, aproxímate amenazante, poco a poco, hacia él. Todo conductor tiene derecho a enviar esa señal: Apúrate o te atropello. No te preocupes por atropellarlos realmente, ellos ya saben cómo está el asunto. Si en verdad aprecian su vida se quitarán del camino. Tampoco te preocupes por estorbar a los demás en el proceso, si no los bloqueas nunca pasarás ese alto.

Sobre el estacionamiento: Como mencioné, cualquier lugar es bueno. A media calle, en la orilla, a un lado de una carreta de tacos o tortas… Lo que mejor te plazca. Si alguien te pita, indígnate.

Sobre los límites de velocidad: Cuando te encuentres algún letrero de esos, divide esa velocidad entre dos y nunca de los nuncas vayas a más de eso.

Peatones: TODA la calle es cruce peatonal. Los conductores lo saben, no te preocupes por verificar si viene alguno. Simplemente cruza y ya.

Sobre los carriles: Una calle debe transitarse en zig-zag, invadiendo los demás carriles. Esto para esquivar los baches y obstáculos del camino. Por tu seguridad y la de los demás conductores NO transites en línea recta.

Sobre cambios en la vialidad: Si detectas un cambio en los señalamientos de tránsito, ignóralo durante dos años. Si cometes el error de obedecerlo, causaras caos. Por favor, abstente.

Con estas pequeñas notas, ya están listos para circular por acá. ¡Bienvenidos!

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